Las entregas totales

Los pobladores de la quebrada habían tejido, durante casi toda su vida, sus propios ponchos de colores. Cada una de estas prendas eran tan únicas como sus tejedores, incluso algunos tenían una segunda versión para probar nuevas técnicas hasta lograr un mejor resultado. Gisela sabía de aquello cuando miró por primera a vez a Jaír. Sus ojos buscaban el río y, en cambio, los cerros le mostraron al joven y a su poncho remendado. Gisela estaba sorprendida, a pesar de los desperfectos, jamás había visto colores tan hermosos como los que él vestía. El poncho de la joven, en cambio, estaba cuidado hasta en el más pequeño detalle.

Gisela se acercó, y notó que Jaír la estaba pasando mal, pues al parecer él si se había tropezado con el río y tiritaba de frío. Ella corrió a socorrerlo, le miró a los ojos y le esbozó una cálida sonrisa. Las flores que se desplegaban sobre el poncho de la joven, bordadas con algo de torpeza, comenzaron a bailar. Gisela se sonrojó al instante, pues sabía lo que aquello significaba: Los hilos ya no eran parte de dos prendas, ahora se entreveraban en un mismo brillar.

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