Capítulo 8: La mueca

Antes de bajar del colectivo, el chico que iba a mi lado me miró de reojo, y pude ver en su rostro algo que me recordó a tu ironía, esa mueca, ese gesto. Anoté aquellas facciones en un viejo papel que descansaba en mis bolsillos. Si lo veo en vos sé que es mucho más que eso. Esa ironía es más bien tu forma de sonreírme. Entonces me viene a la mente cuando tu sinceridad absorbió mi calidez, entre palabras pequeñas y arrugadas ¿Te acordás? Lo supuse. No supe darme cuenta de lo que tramabas entre una y otra sonrisa, aquella expresión en tu rostro me invitaba a imitarla, entre tantos enojos y temores…

Entonces me murmuraste que me amabas, una imitación torneada a tu boca tan flexible, y así descubrí que cuando estoy con vos, lo que veo es mi inconciencia jugando al escondite, volviendo a la realidad entre pensamientos, viviendo de a ratos. Si, esa vez prometí aprenderte, escucharte, para que me enseñaras a sonreír cuando sonreís.

Pero tarde fue el otoño que se abrió en mi interior, son cuestiones que nadie entiende, ni vos las entendiste.  Plazas en sepia, sólo una pisca del sol pequeño rayito, que supiste acariciar.

Ahora la terraza está en silencio, diviso la soledad. Hojas en la calle, en el pasto, una arriba de la otra como resguardándose, cuidándose de volar solas con el viento, como yo alguna vez me cuidé de vos. Tanto lo siento.

Muchas canciones pasaron desde entonces, en esos días tu paz me hizo mejor. Debajo de mi cama suele ser un buen escondite para ocultar un par de lágrimas o hablarte con el corazón.

Lluvia finita empieza a secretearme. Corro hasta llegar a algún lugar donde nada me moje, nada me lastime, donde siempre te pueda encontrar.

Esta es mi parada de bus y entonces decido bajar.

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