De anhelos y raíces

La noche se disipaba y los pensamientos de Marlén se diluían en el cristal, como cuando por primera vez tomó un tren, como cuando atravesó países, o cuando vio el mar apenas atravesó el Océano Atlántico. “Viajar es la poción más fuerte para fortalecer el corazón”, había leído en un viejo libro de cuentos de la estantería de su piso. Este encabezaba una historia breve: “El sabio de la torre del atrio, hace miles de años, encerró sus esperanzas de explorador en un frasco colmado de humo y lo lanzó por la ventana de la torre, única entrada de luz a su encierro, y este comenzó a fluir por la inmensidad del cielo. Cuando claman tiempos difíciles, la espesa poción se mezcla en el aire, suspendiendo sus pequeñas gotas en una capa llamativa, a la que numerosos estudiosos adoran etiquetar como niebla”.

Aquellos eran tiempos convulsos para Marlén. La niebla era algo que le fascinaba y que al menos estaba ahí para abstraerla de sus confusos pensamientos. Pero se hacía de día, se enfriaba el café y el cigarro empezaba a morir. Aquellas calles españolas la encontraron entre las mantas, prendida a una mirada perdida hacia la calle.

Comenzó a sonar la guitarra que desde hace un par de semanas se regalaba al hombre que la tocaba de una manera preciosa en alguna calle de Andalucía. En el tercer piso, “casi techo, casi cielo” Marlén lo escuchaba y dibujaba en la empañada ventana, lo escuchaba como si estuviera a su lado, aunque el tumulto matutino de gente no le dejaba verlo. Tomó el último sorbo de café casi helado, respiró con la esperanza herida de un amor que estaba destinado a la distancia: La familia, cada vez más lejos, era la capa de un orgullo herido, lastimado.

Un año atrás, sonaba una guitarra parecida, con aires de bailecito a los pies de la iglesia San Francisco, ay, aquella calle de su tierra, el norte argentino, donde había plantado sus raíces desde pequeña. Se amontonaban las palomas entre los cables que cruzaban su cielo, que han de cruzarlo aún. Allá empezaba el Otoño pero a ella se le acababa el invierno. Era la hora de cambiar el jersey por las camisetas, pero no, no sería aquel día de niebla el primero en mutar.

Marlén notó el paso del tiempo y se puso de pie con un cansancio evidente. Pausa, sus ojos mudaron a la ventana nuevamente ¿Qué pasó que se interrumpió la canción? Los edificios, “ay qué viejos estaban algunos”, tan hermosos en el paisaje, tan ajenos con sus ventanas únicas, preciosos marcos, formas sin iguales, cuántos pinceles han delineado esas épocas. Marlén las miraba sorprendida de verse en sus reflejos. Su corazón se acomodaba a los hilos que tejían las personas al caminar por la calle Feria… tejían con la paciencia de un ave que agasaja a quien por fin la deja en libertad. La libertad que se mezclaba con esos momentos vacíos de dolor, repletos de sonrisas y sentimientos encontrados, los recuerdos, los suyos… que allá a “anda a saber cuántos kilómetros en total” miran por alguna otra ventana, observan otro paisaje, se pierden en el horizonte, como ella.

Sus decisiones, sueños y anhelos la habían conducido hasta ahí, con algunos veintitantos años. Pero era inevitable “¿Cómo no sentirse fuera del nido?”. Marlén pensaba que en su mirada perdida se encontraba con sus viejos, sus amigos. Ahí estaban juntos, ahí jugaban a la “loba”, compartían un mate, unos bizcochitos, se arrimaban a la terraza. Añoranza, canción herida por decisiones que atraviesan sueños, vidas, cambios, estímulos de esta guitarra que se prende a los oídos. Añoranza, canción que la recorría a medida que crecía, que tomaba caminos, donde se sentía ajena a todos lados. Sentimiento despedido a través de un hueco airoso, porque Marlén caminaba entre todos y se dejaba ir.

Aquel día el frío empezaba a morir y, como nunca, Marlén seguía sorprendida por la niebla magnífica que le dejaba viajar. Tomó su chaqueta tras el viaje profundo que hizo su corazón, y se instaló en una de sus calles favoritas: La calle Regina. No sabía por qué se llamaba así ni por qué era tan corta, pero lo que si sabía era que aquella callejuela era la más colorida de Sevilla y que valía la pena atravesarla con lentitud y saborear sus detalles, sus balcones, sus locales. Entonces, un vendedor marroquí se acercó a saludarla, no era la primera vez que Marlén pasaba por su negocio a admirar los hermosos colores que exponían sus escaparates. El vendedor, amablemente, le ofreció unas sandalias, eran marrones, como la mayoría que había en el local, pero su bordado era distinto al de las demás. Cuando las vio, Marlén sintió que aquellos arabescos eran los mismísimos azulejos de las ventanas que tanto le gustaban. Decidió llevárselas a pesar del frío, pues el calor no tardaría en llegar.

Al día siguiente, tal y como lo había supuesto, la primavera llegó con decisión a la ciudad y los encuentros nocturnos en la Alameda comenzaron a fluir al son de guitarras, güiras y tambores. Ella se dejó fluir en el calor humano de quienes ahora eran su familia. Llevó sus sandalias, orgullosa de vestir esos detalles tan únicos y tan cómodos para sus pies. Mientras bailaba un poco entre las luces de la calle, vio a un joven que tenía las mismas sandalias aunque, claramente, varios números más grandes que las de ella. Marlén se acercó asombrada por sus detalles, idénticos a los que la habían conquistado, y no se percató de que ya conocía a aquel chico. Era, quizás, uno de los jóvenes más callados que había conocido en aquel año en Europa. Lo consideraba tímido y había desistido a hablar con él hacía mucho tiempo, no sabía su nombre ni su procedencia. Pero resultaba que, por alguna razón, él tenía las sandalias con el mismo bordado. “Llamativo gusto”, pensó, Marlén, saboreaba esas coincidencias.

Aquel fue el primer tema de conversación que trataron y no tardaron en darse cuenta de que las habían comprado en la calle Regina. Desde aquel día, Marlén descubrió que detrás de aquellos ojos tan desconocidos había algo que tenían en común, les había cautivado un mismo par de sandalias, eso tenía que ser “más que una coincidencia”. “Pero qué tonterías”, pensó, y volvió a casa con una sonrisa.

Al día siguiente volvió a pasar por la calle Regina para buscar más sandalias como las de ellas, pero no había más, las demás eran todas distintas. Entonces le preguntó al vendedor si no traería más sandalias de aquel bordado, pero él le contestó que aquellas sandalias eran únicas y que las había tejido un artesano que estaba encerrado en una torre. Marlén no le creyó en absoluto, aunque le gustaban aquellas historias tan “fantásticas” y decidió quedarse con aquel sabor mágico. Pero al dar algunos pasos recordó el viejo libro que hablaba de la niebla.

Pasó el día entre cuadros que se manchaban sobre la pared gris que conducía a la plaza de La Gavidia. Se contorneaba entre bares y dejaba que el sol arrastrases sus hojas en un suelo desgastado. Un sonido profundo, mezcla de choque entre tazas, charloteo y coches, alguien estaba esperando que terminen la obra de su casa. Chirridos y sonidos de besos. Marlén se sentía contenida por una ciudad que la abrazaba como si fuera suya.

Pálidos escotes de café, cervezas que son festines de burbujas, el asfalto, las lagartijas en las paredes de barrio, caía la tarde, la noche, rompía con su luz en los cristales. Marlén se había perdido nuevamente en la añoranza cuando se percató de que en sus sandalias los azulejos se volvían azulados, los acabados parecían ramas pequeñas de un árbol. Pero entonces se distrajo con un grupo de señoras que caminaban por todos lados. Medio aturdida se encontraba a paso lento cuando chocó con el joven de las sandalias, otra vez.

Un momento, su nombre era “Andrés” y recién se le revelaba, otra vez estaba ahí para sacarla de la “extrañitis aguda”. Para su sorpresa, él le invitó a una copa y todos se volvieron extraños al su alrededor. Marlén no podía creer que estuvieran hablando tanto, cuando menos lo pensó habían pasado 3 horas conversando sobre libros, sobre artes plásticas y sobre música, aquel chico le producía una conexión que rara vez había sentido. Mientras bebía un poco de cerveza, observó que las sandalias de él empezaban a cambiar de color, sus detalles también cobraban vida. Marlén se frotó los ojos confundida. Entonces él la sorprendió con un repentino beso, tímido pero decidido, y le confesó que no podía creer que, estando cerca de ella tantas veces, no se había percatado de su luz. Leyendo un poco de Borges, la piel sin vestir, los pájaros y la mañana, un poema precioso daba paso a un domingo que amanecía entre cerezas, aerosoles y la sonrisa de quien la acompañaba.

“Esto es deshojarse con alguien”, pensó Marlén cuando se estremeció entre sus brazos. Una dulzura que asusta al que tiene que madrugar. El privilegio escondido de no dormir por estar entre esos versos. Pero no podía suceder, ella no se sentía en casa del todo, no podía exponerse a un amor así.

Entonces la niebla regresó sobre la ciudad esa mañana. Marlén dejó a Andrés sin despedirse y volvió a su casa, todo lo de las sandalias le parecía una locura.

Aquel día pasó distraída por el local marroquí, y el vendedor la sorprendió: “El sabio artesano ha vuelto a soltar sus anhelos anoche”, le dijo con una sonrisa. Marlén lo miró sorprendida y, sin entender ni una palabra, se detuvo frente a él. El vendedor le dijo que, por alguna razón, a pesar de la niebla, dos chicos habían decidido comprar aquellos pares de sandalias, esas casualidades sucedían pocas veces. Marlén le preguntó si recordaba a Andrés, y el vendedor le confesó que desde aquel día sabía que sus pasos se iban a buscar, y que, si ella anhelaba encontrar un hogar y sentirse en casa, ya lo había conseguido.

Marlén sonrió incrédula, todo aquello era imposible “¿Cómo podían dos pares de sandalias tener tanto poder?”. Caminó hasta el final de la calle, cuando se chocó nuevamente con Andrés, quien se dirigía al local del vendedor. Ambos rieron tímidamente. Marlén se disculpó por haber salido sin despedirse, y él le propuso andar juntos igualmente, después de todo estaban a tiempo de cambiar ese “final”. Marlén aceptó sorprendida. El vendedor los vio pasar y les sonrió a ambos. Andrés le dijo a Marlén que aquel hombre era uno de los más honestos que había conocido. Marlén encontró confianza en aquellas palabras, sonrió con emoción, desde entonces no volvió a sentirse sola: Decidió que sus raíces eran sus pies.

El tiempo y las historias habían fluido y fluyen como en el mar, como en las corrientes pequeñas de aquellos ríos que cruzó una vez, como seguramente lo hace en el mundo abisal, donde todo brilla. Comprendió que existe un equilibrio entre el compartir y la soledad, que el dolor es también amigo y que el silencio es la mejor forma de expresar que sigue allí. El corazón es también la calma, y el furor.

Dice la leyenda que el sabio de la torre del atrio siguió tejiendo raíces en calzados y repartiendo anhelos que las distintas ciencias aun intentan comprender y nombrar.

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