C A O S

La escena es blanca, infinita. Por todas
partes, únicamente, hay una claridad
implacable, la luz de un universo
incandescente, el caos de una materia que
aún carece de sentido y de nombre…

(La historia más bella del mundo).

Supongo que esto era lo que necesitaba: Ver con una lupa las hebras de las hojas de los árboles. Sus ramas, inmensas, guardando tantos colores como les es posible, se despliegan hacia el cielo queriendo tocarlo, como yo. Si, ese cielo enorme, infinito, ese que está revuelto en astros que son otros caos situados dentro de caos y caos que jamás podremos terminar de explicar.

Ese sabor de lo imposible, lo que convierte a esto en más apetecible aún, ese quilombo emocional que me representa, y nos representa: Iguales, pero embrollados, fluctuando entre nuestros deseos, emociones, pensamientos, sentimientos, todo lo que termine en “mientos”, incluso los pimientos ¿Qué color preferís? Si, en eso somos un lío inexplicable, eso que nos hace iguales y distintos a la vez.

La pequeñez es el universo sumido en forma y sustancia, en tiempo y espacio definido, en una flor, en un frasco semi usado, en una caricia entre dos seres que se encuentran por primera vez, en un tacto inconcluso entre esos nudillos que se rozan al unir dos manos.

Somos caos ¡Somos caos! no tenemos un orden más que este de ser un lío bárbaro. Soy eso, no me encuentro entre fórmulas, entre definiciones y conceptos. Pero si me veo reflejada en los cristales que me mienten sobre mi cuerpo, en la enmarañada melena cuando despierto, en mis idas y vueltas internas que son más “normales” de lo que muchos piensan.

Aristóteles lo dijo con claridad y sus ideas dominaron el pensamiento
occidental por más de dos mil años. Creía que las estrellas están hechas de una
materia imperecedera y que los paisajes del cielo son inmutables. Hoy sabemos,
gracias a los instrumentos modernos, que se equivocó. Las estrellas nacen y
mueren después de vivir varios millones o miles de millones de años. Brillan porque
queman su carburante nuclear y se extinguen cuando éste se les agota. Hasta
podemos averiguar la edad de cada una.

(La historia más bella del mundo)

Todo avanza, se mueve, cambia, evoluciona y entonces ¿Qué tipo de “normalidad” querés encontrar en mi? Los años luz también tocan mis entrañas y las trascienden, las superan a sottovoce, y allí me siento realmente yo.

Escucho hasta los Beatles cantar al universo, dejarme esas marcas microscópicas en la piel de que mañana será aún más extenso en mi corazón. Tiemblo, afloro entre lo caótico de las horas. Me pierdo, escribo sin orden ni sentido, me pierdo ¿Te ha pasado? Seguro que sí. Entonces me manifiesto en contra de lo que todos llaman “cotidianeidad”, lo transformo, no me quiero conformar.

Veo en esos colores de Júpiter, esas tormentas y franjas que siguen diferentes ritmos y sentidos, a mi propia sangre correr en un espacio común, pero libre. Veo en eso infinito lo apacible de la mañana, lo pequeño de un beso y lo simple de una hoja en blanco. Entonces nos encontramos, cielo y tierra, en ese fabuloso estornudo estelar, ese big bang de canciones, recuerdos y momentos ¿Y qué mierda importa si es lo que siento? Reímos, lloramos, amamos, nacemos y bla bla bla bla. Estoy en esto, sumida en una claridad que es la del inicio, ese que apenas y podemos señalar en una línea de tiempo, pero perduro, pero perduro, pero perduro.

Caos, imprecisa definición de mi ser en movimiento.

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