Luna, quédate.

La luna, con su piel morena, estaba sentada a un lado del mar, peinaba su enmarañado cabello, quitaba las sobras que la corriente había dejado en sus trenzas. Su piel iba a ser partícipe de un festín y no podía esperar así, llena de arena, caracolas y con gusto a sal. Miró con nostalgia el horizonte, las nubes empezaron a cubrirla como la bruma lentamente. Se tiró al mar para que el frío en su piel la despertara. No sentía nada, salvo los peces escurridizos en sus pies, un poco de polvo de estrellas en las manos y algunas lágrimas que ahora eran lluvia sobre el mar.

Tenía que llegar al horizonte cuanto antes, dejan de ser ella para que, su desconocido sucesor, el sol pudiera atraparla. Aquel iba a ser el primer día y él la besaría con sus rayos y la dejaría en libertad (hasta el otro anochecer). Nadó y cuando llegó al extremo de aquella línea divisora (cielo/tierra) lo vio. Aquel encuentro duró un instante, pero fue seguido por el desencuentro y la espera inquietante de que llegue el eclipse.

Si vieras este pequeño mundo de agua cristalina que baja y se llena de un verde musgo del musgo, un dorado hiriente al sol y un naranja que se tiñe del azul de una libélula. Si lo vieras. Cómo cae en este mundo desinteresado donde mi cuerpo encuentra la calma, donde me quito los restos de tus abrazos, donde me limpio las heridas.

 

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