Los ojos de mi viejo

Luciano pateaba pelotas de trapo bajo el sol de aquel pueblito, un rincón del planeta que era suyo como el olor de la celulosa, como las calles adoquinadas, como la fila de árboles acomodados en la carretera, esperando ansiosos sentir el solcito. La caña de azúcar, la antigua biblioteca, el potrero, el club, las piezas de ajedrez. Todo aquello era más que un sitio del mapa, era su historia, sus venas. De muy pequeño solía jugar a todo lo que pudiera conquistar su mente por más de 5 minutos. Pretendía olvidar a su papá, quien era culpable de aquella manía por las lúdicas mañanas que compartían. También pretendía ser fuerte para cuidar a sus hermanos, aunque de vez en cuando las macanas eran moneda corriente y ocupaban su día entero, entonces se olvidaba de todo aquello.

Al frente de su casa, antigua y blancucha, se alzaba una mansión rosa, alrededor de la cual se contaban historias de terror. Luciano y su amigo Mario solían corromper las leyendas populares con unos pelotazos en la vereda de la enorme vivienda. Pero ¿Quién vivía ahí? ¿Quién los miraba desde lo alto? Nada de eso les importaba. Según las ancianas del poblado, si tocabas esa casa te marchitabas como una pasa de uva al sol, y peor aún si mirabas al monstruo que la habitaba, te quedabas tieso para siempre.

Pelotazo va, pelotazo viene. Luciano atajaba perfectamente las patadas de Mario, la pelota siempre acababa entre sus manos, hasta que algo distrajo su mente: Un leve resplandor salía de la última ventana de la casa gigante, y pronto vio los ojos de un enorme perro negro ¿Estaba condenado de por vida a las maldiciones narradas?

Concentrate Lucho- Se quejó Mario sacudiendo sus manos en protesta.

Ya va, perdón- Le respondió el muchacho mientras corría en busca de la pelota.

 Pelotazo va y… la pelota desapareció detrás de las rejas de la mansión cuando Luciano volvió a despistarse. La alarma del caserón empezó a chillar.

                Uhhhhhh- Exclamaron los chicos al unísono.

                  ¡En qué pensabas! – Le reclamó Mario.

Luciano sentía que aquella bestia no dejaba de mirarlo, pero admitirlo era digno de un “loco”. Ya le decían “Marciano”, esto empeoraría las cosas. La policía llegó y los correteó por toda la cuadra hasta que los agarraron.

             Marche en cana, sabandija- Le gritó el comisario del pueblo a Luciano – Y vos, chanta – A Mario – Dame esa pelota y andá con tu amiguito.

            Pero pap…- Intentó renegar Mario, pero su padre, el policía, le arrebató la pelota de golpe.

Luciano no encontraba razón para quedarse quieto cuando la noche caía. Ni barrer su celda, ni perderse el examen del día siguiente podían hacerlo dejar de pensar en lo ocurrido y, como si fuera poco, su mamá estaría preocupada. Pero todo ¿Fue real?  Recordó la vez que se sintió tan mal por una extraña pesadilla con pajarracos, y su viejita le preparó una sopa que parecía hechizada: Una inmensa paz lo conquistó luego de probarla “¿El amor es una especie de magia?”, solía pensar. Claramente no iba a admitirlo, dirían que es un niño cursi. También pensó en su papá, desde que había muerto no dejaba de preguntarse si estaría orgulloso de él, en ese momento claro que lo estaría retando por “culilla” y sacando de ahí. Pero no estaba ya. Finalmente decidió tumbarse en el suelo frío.

Los ojos de papá - ANA B. JARA 3

La luna se veía a lo lejos desde una pequeña ventana de la comisaría. Mario dormía y Luciano contemplaba la noche con resignación. De repente sintió un respirar profundo a sus espaldas, algo se movía detrás de él, se le erizó la piel y quedó inmóvil hasta que finalmente pudo girarse ¡Estaba ahí! El frío recorrió su cuerpo como sudor helado de temor. Pero no era un perro, era un lobo, que ahora, con sus colmillos afilados, lo tenía a merced. Luciano no pudo emitir sonido ni respirar… Pero, de repente, el lobo se amansó y su rostro se transformó al de un simple cachorro. El muchacho pudo respirar nuevamente y observó asombrado al animal que jugaba con sus garras por unos instantes. Mario comenzó a moverse, parecía que iba a despertar.  El lobo se quedó inmóvil y luego le tendió una de sus garras a Lucho y desapareció en la oscuridad. Le había dejado un trozo de papel. Luciano lo abrió y leyó: “Soy tu papá, nunca me fui”.

Los ojos de papa - ANA B. JARA 2

Sobre las fotos: Tomadas en Ledesma, Jujuy, año 2013.

Relato publicado en revista Rumbos, Contame una historia. 

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