Año nuevo

Nunca había salido de mi país antes, hasta que hace un par de meses me dijeron que haría un intercambio. Uff, parece como si fuera hace sólo unos instantes, cruzaba “el charco” sobre avión, la primera experiencia aérea suponía unas 15 hs. de viaje. El miedo, el sopor, las dudas, la soledad, todo aquello era prácticamente nuevo para mi, si, una piba, una chica de 21 años que no se creía capaz de nada.

Ahora, escucho una canción de mi banda favorita mientras contemplo el frío invierno que para mis viejos es verano. Un invierno rodeado de guirnaldas en pequeños pueblos de habla inglesa que se van como dibujando a mis costados, cuando el tren va a una velocidad considerable. Tren, trenes, pensar que en los 90 perdimos los nuestros y no había tenido el placer de ver el mundo como en el girar de un disco de vinilo, todo a mi alcance, a rayitas que apenas toman forma a través del cristal.

Mi reflejo sólo marca la duda de que mi inexperiencia me está llevando y trayendo de lugares que antes me parecían soñados… Liverpool era uno de ellos, aunque mi afecto ahora le pertenece España. Despertate Marlén, apenas y has estado una hora en este tren a Londres, aunque ya casi son las… ¿6 de la tarde? Wowwww. Dios mío, había quedado con unas amigas (apenas conocidas) a las 8 en nuestro hostal de Wimbledon, imposible llegar. Si, la vida es eso que se resume a los amigos “nuevos” que haces casi por obligación cuando viajas solo (y gracias a Dios que es así).

El tren se detiene, tomo un tren del que no entiendo ni “Jota”, lo siento, el inglés nunca fue lo mío, menos cuando te enseñan el americano y te encontrás con el acento británico ¡Mamáaaa! Encima, el frío te pela las pestañas. En fin, hora de cerrar discurso y ponerme a correr, que se hace tarde. Mucho cariño para vos, Fede. Te quiero.

Marlén, 2012 casi 2013. 

El tren se detiene de repente, Marlén toma su pequeña mochila rápidamente y se baja entre el tumulto de gente. Como perdida, busca las señales que la lleven a su hostal. Se ajusta la bufanda y se abrocha el sobretodo. Su gorro de colores apenas y le deja ver.

Sorry, Can you help me? – Dijo Marlén a un hombre mayor que tenía toda la apariencia de ser amable.

What do you need? – Respondió él amablemente.

Ammmm, I don’t speak english very well… I’m Sorry – Se disculpó Marlén

Oh its ok- Replicó el señor.

I need to go to… – Le parecía imposible entablar una conversación decente sobre un simple destino, por lo que tomó un mapa de su bolso y se lo enseñó. Así, como con señales apenas maniobradas, supo hacia dónde dirigirse y subió al tren.

Marlén se despertó unos 20 minutos más tarde, había llegado a Wimbledon ya.  Bajó rápidamente del tren y caminó algunas calles hacia el hostal algo escondido en la oscuridad de aquella noche “vieja”. Subió por las escaleras de un antiguo edificio y tocó finalmente la puerta.

Oh mi huésped favorita- Dijo José, un valenciano que trabajaba como recepcionista en el hostal.

Hola, qué bueno sentirte hablar el español, estos dos días me la pasé luchando contra el bendito inglés- Marlén se quitó la mochila y comenzó a mirar hacia las habitaciones para ver si sus amigas aún estaban.

No, no están, se han ido hace ya media hora guapa- José le hizo un gesto con la cabeza como señalando el reloj que marcaba las 9 de la noche.

Oh ni cuenta de la hora, me voy a vestir- Marlén comenzó a caminar hacia su habitación y José la siguió.

Oye, Mar ¿Te apetece cenar conmigo hoy?- Marlén se de tuvo frente a él.

Es año nuevo, tengo que ver los cohetes del London Eye- Le dijo simulando destellos con sus manos.

Oh, eso está todos los años, es aburrido, lo mío es mejor- Insistió José sonriendo- Aparte se dice “Fuegos artificiales”.

Fuegos, cohetes, chasquibums, lo que sea- Marlén se metió a la habitación y cerró la puerta en las narices de José. A los pocos minutos salió y se despidió de él con rapidez, llevaba un vestido morado, unas medias de nylon y algunos adornos en su cabello.

Tú te lo pierdes- Le gritó José pero Marlén ya había comenzado a bajar las escaleras.

Otro tren había conducido a la joven al centro de Londres, mientras el frío viento y el humo de las patatas que se freían en la calle le daban en el cabello enmarañado. No veía nada más que una gran multitud apilada contra rejas enormes y pasos custodiados por la policía. Todos estaban muy abrigados, llevaban copas y bebidas para el brindis de las 12. Las nacionalidades eran cientas, las lenguas lo demostraban. Los niños, a los hombros de sus padres, miraban atentos el cielo, como buscando a los fuegos artificiales. Marlén se puso de punta de pié pero no veía absolutamente nada. Caminó mirando rostros desconocidos, esperando encontrar a sus nuevas amigas. No las encontró pero si se topó con una imponente vista al London Eye, y decidió esperar ahí a que fueran las 12.

No dejaba de mirar con nostalgia a las familias que se congregaban cerca, cuánto habría deseado que sus papás y sus hermanos estuvieran ahí con ella, apreciando esa fría pero hermosa noche. Entonces, cuando apenas faltaban 5 minutos para la media noche, los guardias liberaron el paso y todo el mundo empezó a correr desesperadamente hacia la gran noria. Marlén hizo lo mismo para que la multitud no la atropellara. Entonces comenzó el conteo y todo se convirtió en luces que explotaban en más luces en pleno cielo londoniense. Ella estaba simplemente conmovida. Unas lágrimas brotaron de sus ojos y una sonrisa se dibujó entre sus pálidas mejillas, aquello era increíble, unos eternos minutos de fuego bailando sobre su cabeza, los abrazos en cámara lenta, los besos, todo parecía salido de esas películas pochocleras.

Marlén flotaba en aquel aire, entre los suspiros y las felicitaciones. Algunas personas se acercaron a saludarla, se sentía en familia de alguna forma, seguramente como ella habían más chicos mirando aquel cielo brillante y pensando en sus familias. “Ah, la distancia”, pensó.

Pero aquel colorido sueño acabó cuando la multitud cobró vida, entonces todos empezaron a caminar como peces apilados hacia la dirección contraria. Se dirigían de nuevo a la estación de trenes y Marlén no entendía por qué había acabado todo tan pronto. “Goodnight” empezó a sonar en su mente.

Now it’s time to say good night
Good night sleep tight.
Now the sun turns out his light
Good night sleep tight.

La voz de Ringo y el vals que la acompañaba la hicieron desplazarse con facilidad, entre el cansancio y el paso lento de las cientos de personas que caminaban a su lado. Los auriculares eran una especie de máquina transportadora de realidades, ahora bailaba sobre todos.

Así, con ese espíritu somnoliento despertó en un tren casi vacío. Vaciló con la mirada entre los diferentes noctámbulos que la acorralaban. Un leve click la hizo entrar en la realidad: El tren se detuvo en una estación fantasma, miró hacia las estaciones señalizadas en la puerta ¡Se había pasado 4 estaciones de Wimbledon! Entonces, un impulso la condujo a bajarse del tren. No tardó en darse cuenta de que aquel lugar no sólo estaba vacío, estaba completamente a oscuras y no había ni un banco para tumbarse. Algo asustada, Marlén buscó los horarios del próximo tren en un letrero.

9 de la mañana, mierda- Se lamentó en voz baja. El reloj de la estación le indicaba que apenas eran las 2 de la madrugada ¿Qué haría en esas 7 horas? Caminó en círculos, bajó hacia la carretera, paró un taxi ¡80 libras hasta el hostal! “Pensá Marlén, pensá”. Su cabeza daba más vueltas que sus pies y el frío la apuraba a tomar decisiones. Entonces, muy desanimada, volvió a la estación. Para su sorpresa, un tren la sorprendió pero tenía un cartel que lo dejaba fuera de sus opciones: No estaba permitido subirse a él.

Qué importa, subite boluda- Marlén se empoderó y subió al tren sin hacerle caso al anuncio. Iba hacia la dirección contraria, pero si bajaba en Guildford al menos podría tantear la suerte de encontrar alguna cafetería cerca. Pero claro ¿Qué estaría abierto a esa hora en año nuevo? Dicho y hecho, se encontró en una ciudad absolutamente en silencio.

En aquel momento, le entraron ganas de llorar, sólo podía pensar en su familia, en su tierra y en que pronto sería año nuevo de aquel lado del Atlántico. Tragó saliva, se sentía arrepentida de no haberse quedado con José a cenar, tal vez algo de compañía habría sido mucho mejor que aquella odisea de trenes y fuegos artificiales.

Pero no estaría sola. Allí conoció a Ben y Ronald, dos polacos que, como ella, habían tomado la decisión de bajarse en aquel lugar. No se entendían demasiado pero ellos la vieron sola y decidieron acercarse a charlar. Un poco de ron y ginebra fueron el secreto de hacer frente al frío y a la mala onda del portero de la estación que los obligó a esperar afuera. Entre risas y paseos nocturnos la noche pasó volando. Finalmente se entendían como si s conocieran desde hace mucho tiempo, como si el idioma no fuera la barrera que parecía en un principio.

El inglés fluía más rápido con un poco de confianza y ella descubrió que, aún entre lo desconocido, el mundo era su hogar. Nada, ni el frío influyó lo suficiente como para que la noche fuera un desperdicio. Cuando el tren llegó, la escarcha ya se derretía y los tres desayunaban golosinas de una máquina expendedora. Marlén les agradeció por el fin de año más único de toda su vida, ahora sus caminos se sapararían. Se abrazaron como si fueran “amigos” desde hace tiempo.

Marlén subió al tren a Wimbledon y se puso sus auriculares. Tomó su pequeña agenda y comenzó a escribir. El sueño se disipó en la sonrisa que estrechó con el cristal mientras saludaba a sus compañeros noctámbulos.

Dream sweet dreams for me
Dream sweet dreams for you.

Para estos dos personajes, cuyos nombres desconozco, pero han sido grandes compañeros de fin de año:
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