Capítulo 6: Decir adiós

Volví de aquel recuerdo de desayuno taciturno, no me había percatado cuántos pasajeros venían en este autobús. Quien estaba a mi lado se puso de pié tímidamente. No me animé a mirarlo de reojo, no quise saber quién era, pues esta era la eterna manera que tenía para dejar que todo se escape.

Dejar

que ocurra.

Dejar

que pase.

Dejar

mis miedos.  Dejarte.

No sé qué ocurre tras la luz de aquella vela que dejaste encendida, no me quemes, sé quién sos. No entiendo por qué la noche me trae a escondidas lo que dejé guardado en un rincón hace tiempo. No lo entiendo, no lo intentaré. Me niego, no me culpes. Aquí estoy como algo perfectamente incierto, no te pierdo si te dejo ser. Decías. Yo repetía.

Primera persona del singular, segunda persona del plural. Mi pared, mi sitio.

Vos y yo.

Son las 3 de la mañana, como cada día, como cada noche, como cada encuentro casual entre algo que se suspende sobre mi cuerpo. La vida carente de emociones embriagantes me ata a unas canciones que recordaré todo el tiempo, pero que prefiero no mencionar.

Entonces sentí, en la oscuridad del insomnio, aquella voz pequeñita que salía de “vaya uno a saber de dónde”. Estaba el “Adiós” esperando ansioso por salir de mi boca. Aun así la voz me empujaba a otros lugares que no conocía. La batalla tuvo lugar por 5 eternos minutos. Cuerpo inmóvil, esencia de vainilla en el aire, soles difuminados por unos ojos repletos de lágrimas. No había qué ni para qué.

Salí aturdida de aquella quietud poco disimulada. Salí y me desperté de la confusión que me empujaba. La voz, se sobre saltó sobre mi cabeza, se hizo cada vez más clara y fuerte. Entonces lo supe.

No quiero esto, no quiero aquello, no quiero. Soy presa de múltiples razones que no son parte de mi argumento, que no sé encajar, que no sé leer. “No quiero esto”, me dije. La voz se hacía más presente, ahora entre mis nervios atascados.

Me puse de pie como quien vuela con el afán de ser libre, caminé en la oscuridad y busqué el espejo. Me vi, era yo, hablándome claramente, pidiéndome que no caiga, que no ceda, que no lo deje volver a mí.

Aún espero que aquellas palabras encuentren lugar en mis labios, pero el “Adiós” es simplemente una utopía para un cuerpo que aún desea no soltar.

Sobre la foto: Reflejo escondido en calle Goles, Sevilla. 

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