Capítulo 4: Despertame

Mi mano acaricia el cristal rajado y sucio de la ventanilla. Las florituras de las paredes de calles del mundo vienen a mi. Las andaluzas, las cordobesas, las jujeñas, las portuguesas, las marroquíes… Todas. Se mezclan los edificios en un collage permanente de luces y sombras, santo desastre, cómo me cuesta mirarme en ellos.

Y entonces te veo, reflejo mañanero de un mundo sureal. Caes rayo de sol, caes.

A la luz de aquellos ojos que te aprecian, me escondes que al parecer vas a amanecer. Taza, chocolatada, la hora, el recuerdo taciturno, las hojas que corren hacia atrás, las horas que se amontonan en un segundo, ese preciso segundo en el que supiste que yo nunca debí estar ahí. Justo ahí.

Pero pasó. Casual, error, fatal.

Suena una canción inglesa, “quien te crees que eres”. Suena mi cuestión, con gustito a cicatriz interna. Suena tu agotada respiración.

Confusa, difusa, semifusa. Suenas del otro lado de un mundo paralelo, donde quizás tropiezo entre tus sueños.

Me veo, te veo en lo onírico de la siesta. Es el otoño que golpeó por segunda vez esta puerta.  No tengo ganas de despertar, lo siento, sigue tocando hasta las diez. Sigue, te atenderé.

Seis meses de seis caras, ella, ella, ella, ella también, aquella otra, y yo. Tres meses de emoción, tristeza, alegría, torpeza, primeras veces, ultimas veces. Última yo. Primero vos.

No preguntes, no contestes, despertame.

Dos, once, también tres, doce. Antes diez. Antes yo. Hoy vos. Es simple tratar de explicar las cosas conforme el tiempo que pasa, el futuro que se aproxima y el pasado  se aprende. Es simple. Saltar la soga a lo que nos hunde, correr lejos, coleccionar las piedras. Amar. Perdón, esta última palabra está colgada de un árbol, el otoño la va a soltar. Aún no. Aun si…

Soy, dejo de ver. No me cuestiones. Aprende que el tiempo corre, y el tren pasa, la vida te guiña el ojo, la locura te invita a tomar el té, otra vez. Oportunidad. Me llevas, me dejas, me quitas lo que no me queda. Me estorbas hasta el último retazo de coherencia.

No, no me dejes en paz, desconcéntrame, cambia mis planes, no me dejes ir, otra vez.

Aún me veo en aquel espejo, deforme, esperando, esperándome. 

Sobre la foto: Otoño en Bilbao, 2012.

 

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