Capítulo 2: La puerta abierta

“Los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente” (Julio Cortázar, Capítulo 7 de Rayuela).

Sueño con tener una casa en la quietud de un valle que me permita escribir mientras huelo la mañana por la ventana. Sueño con un gato y un perro tendidos bajo el sol o corriendo bajo la lluvia. Sueño lo que se aleja cuando de a poco construyo mi propio ser. Sueño, pero entonces me doy contra el cristal.

 El autobús retrocede unas calles, el chofer se ha equivocado de ruta o eso parece insistir un pasajero que grita delante. La gente se queja y yo veo esas ventanas con rejas, que encierran almas que tal vez se buscan, como yo. Estoy aquí, varada sin necesidad de un semáforo que esté en rojo, la vida para y hace estos retrocesos que nos conectan a recuerdos. Vivos y vivo. Apoyo mi cabeza sobre el libro que llevo siempre conmigo, está agrietado, sus hojas son enredaderas que hacen de almohada para mi cabeza deshilachada. Viene a mí una idea fija: Escapar, tejer las redes para un barco que no saldrá, pero que pintaré y arreglaré como si fuera mi única salida.

 

Él y yo estamos bajo el mismo techo de estrellas,

Como si el sol decidiera dormir y no salir.

Quiero regalarle ese cielo,

Encenderle una luna.

Vuelvo a mí para buscar un poco de él…

Quiero enterrarme en la calma de su voz,

En el silencio que deja pasar.

Solo se desaceran las horas

Cuando se apaguen las luces de este invierno

Cuando todos callen.

Cuando callemos vos y yo.

 

La simpleza de una noche sin prejuicios, cuando destapás la botella y dejás que el agua fluya, que se vaya y si instale en nuestras historias pasadas. Así pasamos, cubiertos de barro que fue la mismísima historia que no supimos resolver antes. Suena un poco de guitarra ensuciada con polvo que negamos quitar, sube y baja el humo de nuestras bocas hasta el cielo y esas estrellas casi transparentes, la naturaleza y la soledad eran sólo pasajeras. Corrimos, reímos, nos mojamos como niños jugando al carnaval, eso era vida palpando mis dedos.

El camino sigue, todo toma su cauce, yo vuelvo a lamer mis heridas en este cuerpo delirante.

 

Sobre la foto: Un techo de la Alhambra de Granada, 2017, tomado por un simple móvil.

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